Inicio Técnicas de campo Mochila y carga Repartir el peso en la mochila

TécnicaMochila y carga

Repartir el peso en la mochila

La primera vez que cargué la mochila metí todo por el orden en que lo tenía en el suelo del salón, y a los tres kilómetros iba torcido, con la espalda cargada y los hombros tirando hacia atrás. Desde entonces sigo una idea simple: lo pesado pegado a la espalda y a la altura de los omóplatos, el saco abajo y el agua repartida a los dos lados para no caminar de medio lado. No es una fórmula con números exactos, es la manera de que el peso trabaje a mi favor en vez de tirarme hacia atrás.

Repartir el peso en la mochila
La mochila abierta en el suelo del salón, con lo pesado en el centro y los dos bidones de agua uno a cada lado.

Lo esencial

  • Lo pesado contra la espalda y a la altura de los omóplatos. Ahí el peso se apoya en la cadera y no en los hombros.
  • El saco de dormir y lo voluminoso, abajo, en el fondo. Lo que casi no pesa puede ir arriba sin problema.
  • El agua repartida en dos bidones, uno a cada lado. Cargado todo el líquido en un lado, el cuerpo se compensa solo y la espalda sufre.
  • Antes de salir me pongo la mochila en el rellano y ando unos metros. Si noto un hombro peor que el otro, algo está mal colocado.

Paso a paso

Lo pesado pegado a la espalda y a la altura de los omóplatos

El centro de gravedad de una mochila tiene que caer cerca de la espalda y un poco por encima de las caderas. Si el peso va pegado al cuerpo, la mochila no hace palanca y el esfuerzo se reparte entre la cintura y las piernas. Si lo pongo lejos, en el fondo o en el bolsillo exterior, la mochila tira hacia atrás y tengo que inclinarme para compensar. Diez minutos se aguantan; cuatro horas inclinado, no.

Lo que va en esa zona, en mi caso, es el hornillo, el cartucho de gas, la comida del día y la cantimplora cuando la llevo llena. Cosas densas, de poco volumen y bastante peso. Puestas a la altura de los omóplatos, entre los dos hombros, se nota muy poco al andar.

El error que cometí durante mucho tiempo fue meter los cartuchos de gas y las latas abajo del todo, porque ahí encajaban bien. Cada paso me tiraba hacia atrás. En cuanto lo subí a media espalda, la misma carga parecía dos kilos menos. No pesaba menos, es que la mochila dejó de hacer de palanca.

El saco y lo voluminoso, abajo

El saco de dormir, la ropa de abrigo y lo que ocupe mucho y pese poco van al fondo. Así el volumen queda abajo, contra la parte baja de la espalda, y el centro de gravedad se mantiene bajo. Una mochila con todo el volumen arriba es más inestable y, en un terreno con piedras o con barro, se nota en cada apoyo.

El saco bien comprimido, metido en su bolsa y apretado a fondo. Si lo dejo flojo, ocupa media mochila y empuja todo lo demás hacia arriba. La bolsa de compresión cuesta unos segundos de trabajo y me ahorra tres o cuatro litros de espacio, que en una mochila de sesenta litros es mucho.

La tienda la suelo poner en la zona de abajo o en el lateral, según cómo quede el saco. Lo que no hago es colgarla por fuera. Una tienda colgando del exterior se mueve con el viento, se engancha en las ramas y me desequilibra al andar. Prefiero apretar el saco y que entre dentro.

El agua en dos bidones y el reparto a los lados

El agua es lo que más me desequilibraba al principio, porque llevaba todo el líquido en un solo recipiente, colocado en un lateral. El cuerpo se compensa solo: la espalda se inclina un poco hacia el lado libre y la cadera lo nota al cabo de una hora. La solución es simple: dos bidones, uno a cada lado, con la misma cantidad. Medio litro y medio litro, o tres cuartos y tres cuartos. Así el peso va equilibrado de izquierda a derecha.

Además, con dos bidones bebemos más fácil. Bebo un poco de uno, luego del otro, y los voy vaciando a la par. Si uno de los dos se vacía antes, la mochila se me va de lado otra vez, así que voy alternando. Cuando llego a una fuente, relleno los dos a la vez y vuelvo a nivelar.

Lo que no hago es llevar el agua en el bolsillo de la tapa. Ahí el peso está alto y lejos de la espalda, y noto cada paso. Un litro ahí arriba se convierte en un vaivén que no me deja andar tranquilo.

Cómo lo compruebo antes de salir

Antes de salir de casa, con todo metido, me pongo la mochila en el rellano y ando unos metros. Primero ajusto las correas de los hombros y la de la cintura: la cintura tiene que cargar con la mayor parte del peso, y los tirantes solo deben evitar que la mochila se separe de la espalda. Si noto que los hombros me tiran hacia abajo, es que la cintura está floja.

Después me fijo en la espalda. La mochila debe quedar pegada, sin huecos, sobre todo en la zona lumbar. Si noto un hueco entre la espalda y la mochila, es que llevo algo blando mal colocado por dentro y hay que recolocarlo antes de cerrar.

Por último me miro de lado en el espejo del pasillo, que es el mejor sitio para ver si la carga está centrada. Si la mochila se va hacia un lado o hacia atrás, lo arreglo en casa, no en el camino. En el monte ya no hay tiempo de repartir el peso otra vez.

Lo que no meto aunque quepa

Una mochila grande invita a llenarla, y llenarla es la manera más rápida de andar mal. Yo pongo un tope: para una noche, doce kilos; para dos, unos quince, y no paso de dieciocho ni aunque el sitio sea cómodo. Lo que no entra en ese peso, no lo llevo, por muy útil que parezca en el salón.

Lo que pesa mucho y uso poco se queda en casa. Para una noche no hace falta la segunda muda ni un juego de cubiertos de más. Llevo la ropa de dormir, una capa de abrigo y ropa seca para el camino, y nada más. Con dos recambios bien elegidos estoy servido.

Yo no vendo material ni guío a nadie: trabajo de conductor y salgo a dormir fuera los fines de semana que me cuadran. Así que estos topes de peso son los míos, pensados para un hombre de casi cincuenta años, con una rodilla que ya avisa. Cada uno tendrá los suyos.

Errores que he cometido

  • Metí los cartuchos de gas y las latas en el fondo de la mochila y anduve cuatro horas inclinado hacia delante. Llegué con la espalda cargada. Ahora lo pesado va a la altura de los omóplatos.
  • Llevé todos los litros de agua en un solo bidón, en un lateral. A la hora de andar iba claramente de medio lado. Ahora reparto el agua en dos bidones, uno a cada lado.
  • Dejé el saco sin comprimir y ocupó medio fondo. Todo lo demás se fue hacia arriba y la mochila quedó inestable. Ahora lo aprieto en la bolsa hasta que no cede.
  • Colgué la tienda por fuera de la mochila para no meterla. Con viento se movía y se enganchaba en la maleza. Ahora comprimo el saco y la tienda va dentro.
  • Ajusté los tirantes de los hombros apretados y dejé floja la correa de la cintura. A los dos kilómetros tenía los hombros marcados. Ahora aprieto la cintura primero y los tirantes solo acompañan.