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Cartuchos de gas de rosca

Un cartucho de 230 g me da para unos ocho litros de agua hervida, y de ahí saco la cuenta de cada salida. Para dos noches llevo uno en uso y medio de repuesto, que es lo que me ha evitado más de una cena fría. Los guardo separados de la ropa, en vertical y en su caja, y si al montar el hornillo noto olor, cierro y no discuto con el cartucho. Aquí cuento todo eso con los números que manejo.

Cuántos entran en una salida de dos noches

Cuento hervores, no días. Cada hervido son unos 700 ml de agua para pasta, café o lo que toque, y un cartucho me da ocho litros en condiciones buenas. Eso son unas once cocciones. Una salida de dos noches suele ser: cena del viernes, desayuno del sábado, cena del sábado y desayuno del domingo. Cuatro hervidos, más uno o dos cafés de más. Con un cartucho tendría de sobra.

Aun así no voy con uno. Llevo uno empezado y medio de repuesto, y la razón es el viento: en racha, el mismo hervido que en calma me cuesta 15 g de gas me puede costar el doble, porque parte del calor se va de lado. El día que salí con la cuenta justa y sopló toda la noche, hice café a medias y me quedé sin agua caliente para el desayuno del domingo. No me ha vuelto a pasar.

En invierno la cuenta cambia sola. El frío baja la presión dentro del cartucho, sobre todo si es butano, y la llama se queda floja antes de que el gas se acabe. Yo llevo entonces un tercio más de lo que calcularía en agosto.

Qué hago al montar el hornillo

Antes de enroscar nada, miro la junta del hornillo con la linterna, compruebo que la llave está cerrada y que el cartucho no tiene golpes ni óxido en la rosca. Si la rosca está sucia, la limpio con un trapo seco; si tiene arena, la soplo. Arena en la rosca es la forma más fácil de que una junta no selle bien.

Enrosco a mano, hasta notar el tope, sin apretar con la llave ni con un trapo para hacer más fuerza. El apretado de más estropea la goma, y una goma estropeada no se ve hasta que huele.

Abro la llave poco a poco y escucho. Si oigo un silbido regular y no huelo nada, enciendo. Si noto olor a gas aunque sea poco, cierro la llave, desenrosco el cartucho y lo pongo al aire, lejos de la tienda y de cualquier llama. No busco la fuga en el monte ni aprieto más para ver si se arregla. En casa lo miro con calma, con el cartucho fuera y sin nada encendido cerca. Aquí me detengo.

Cómo los guardo y por qué no van con la ropa

En casa los tengo en una caja de plástico abierta, en vertical, dentro de la despensa, que es el sitio más fresco que tengo en un piso sin garaje. Nunca los guardo en el mismo cajón que la ropa de la mochila. La razón es simple: si un cartucho pierde un poco, el olor se mete en el forro polar y no se va con un lavado normal. Y cuando hueles a gas todo el día, dejas de fiarte de tu propia nariz para detectar una fuga de verdad.

En la mochila viajan en posición vertical, en el bolsillo del lateral, protegidos para que no golpeen la rosca con las piquetas. Un cartucho con la rosca doblada no vale para nada, aunque esté lleno.

Los vacíos los traigo siempre a casa, aunque ocupen. En el campo no los dejo, ni enterrados ni en una hoguera, eso ni se me pasa por la cabeza. Y si voy camino de que se acaben, los dos vacíos con la etiqueta legible vuelven conmigo en la mochila.

El frío deja el cartucho flojo antes de vaciarlo

En enero me pasó algo que me tuvo despistado toda una temporada. El cartucho estaba casi lleno, lo pesé al volver a casa, y sin embargo la llama salía débil y tardaba el doble en hervir. No se había acabado: el frío le había bajado la presión y el butano no tiraba bien.

Lo que hago ahora cuando hace frío es no dejar el cartucho en el suelo toda la noche. Lo tengo dentro de la tienda, tapado, y lo saco al montar la cena. Con el cartucho a temperatura normal, la llama vuelve a ser la de siempre. Eso sí: nunca lo caliento con una llama, ni con agua hirviendo, ni lo pongo al sol a propósito. Esas cosas se leen por ahí y con gas no las hago.

En casa también lo noto: en el trastero, que es frío, los cartuchos de butano van peor que en la despensa. No es magia, es presión. Sabiéndolo, la cuenta del gas que hay dentro deja de parecer un misterio.

Cómo los compro y cuántos tengo siempre en casa

Compro de tres en tres cuando voy a la ferretería del barrio, casi nunca antes de una salida concreta. Tener dos o tres en casa es lo que me permite salir un viernes sin parar en ninguna tienda de camino, que es cuando se me olvidan las cosas. Los compro del mismo tipo de rosca siempre, porque tengo dos hornillos y los dos son de rosca; no mezclo sistemas porque sé que acabaría intentando enroscar uno en el otro.

Cuando llego a casa, los pesan mis ojos: un cartucho que se siente claramente ligero pasa a la caja de los que quedan por gastar, y no me lo llevo a una salida larga. La balanza de la cocina me ha dicho más de una vez que un cartucho que parecía lleno estaba muy justo.

Y una cosa que no hago nunca: dejar un cartucho en el coche aparcado al sol del verano. En Valladolid en agosto el maletero se pone a más de 50 °C, y aunque nunca me ha pasado nada, no veo razón para averiguarlo.

Lista de comprobación

  • Calcula por hervidos, no por días: unos 8 litros de agua hervida por cartucho de 230 g.
  • Añade medio cartucho de repuesto si hay viento previsto o si la salida es de dos noches en invierno.
  • Revisa la rosca y la junta del hornillo antes de enroscar; sopla la arena si hay.
  • Enrosca a mano hasta el tope, sin llaves ni trapos para apretar más.
  • Abre la llave despacio y escucha; si hay olor, cierra, aparta el cartucho y no lo arregles en el campo.
  • Guarda los cartuchos en vertical, en su caja y lejos de la ropa y del calzado.
  • Lleva los vacíos a casa y no los dejes en el monte.
  • En invierno, guarda el cartucho en la tienda y sácalo al cocinar, sin calentarlo nunca con llama.