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Cocinar con viento

El viento de aquí entra recto desde los campos y no afloja con la noche, y en la cocina se nota el doble que en cualquier otro sitio. Una llama pequeña, una racha de las de siempre y la cena se va al suelo. Lo que hago es sencillo: levanto un resguardo con las piedras que tengo a mano, pongo la cacerola a sotavento y no quito la tapa ni para mirar. Cuando la racha pasa de lo que aguanto, no cocino: saco el pan y el queso y lo dejo para mañana.

Cocinar con viento
El resguardo de piedras en U abierto a sotavento, con la cacerola tapada detrás y el hornillo separado un palmo.

Lo esencial

  • Resguardo de piedras en forma de U, abierto por el lado contrario al viento. Sin cerrarlo del todo, que el aire tiene que salir por algún sitio.
  • La cacerola a sotavento y la tapa puesta desde el primer momento. Con viento y sin tapa, el gas se va en la mitad del tiempo.
  • El sitio, antes que el hornillo: cocino detrás del coche, de un talud o de una linde, nunca en campo raso.
  • Si la racha es fuerte, no lo intento. Gas y viento no se llevan bien, y yo no voy a discutirlo en mitad del páramo.

Paso a paso

El viento se lleva la llama y el gas

Un hornillo de gas funciona con una llama que aguanta lo que aguanta. En cuanto la racha le entra de lado, la llama se dobla, se separa del quemador y el agua deja de hervir. No se apaga siempre: a veces sigue encendida y calienta la mitad, que es peor, porque yo creo que está cociendo y a los veinte minutos el agua está tibia. El gas, mientras, sale igual.

En la meseta esto pasa casi cualquier noche de otoño. Sopla recto, sin una fila de árboles que lo corte, y con la tienda ya montada el sitio bueno está pillado. Así que lo que hago es cocinar antes de acostarme del todo, con luz, y buscarme el hueco más tapado del que dispongo. Si el sitio no me da ninguna protección, cocino temprano, cuando el viento suele estar más flojo, y no espero a la noche cerrada.

Llevo dos años con un anemómetro de bolsillo. No me dice nada que no vea, pero pone número a lo que noto y me ayuda a decidir si merece la pena encender o no.

El resguardo de piedras, y cómo lo levanto

Cojo las piedras del propio terreno y las coloco en U, con la abertura mirando al lado contrario de donde viene el aire. Tres o cuatro piedras por cada brazo, del tamaño de un puño o algo más, puestas en dos filas si el suelo está suelto. No hace falta que sean grandes; lo que trabaja es cortar el aire a la altura del quemador, no construir un muro.

Dejo una separación de un palmo entre las piedras y el hornillo, y la abertura de la U ancha. Si cierro el círculo del todo, el aire caliente se queda dentro y el gas no se va; ahí es donde puede haber un problema serio. Una vez me pasé cerrando y noté olor. Desde entonces, a la mínima señal, cierro la llave, me aparto y no lo toco más en el campo. En casa lo mira quien sepa. En este punto dejo de improvisar.

Con el suelo compacto aguanta toda la cena. En tierra suelta, las piedras se mueven y hay que recolocarlas a mitad.

La cacerola a sotavento y la tapa siempre puesta

La cacerola la pongo de espaldas al viento, con el asa girada hacia el lado contrario al aire. No es un detalle pequeño: con el asa a barlovento, la racha tira de ella y la vuelca. Y la tapa, desde el primer momento. Con viento y sin tapa, el agua tarda el doble y el gas se va con el vapor. He llegado a medir la diferencia en casa: un litro tarda unos seis minutos en hervir tapado; destapado, diez o más.

Debajo del hornillo pongo una piedra plana o el propio suelo despejado, nunca hierba seca ni ramas. Con viento, cualquier chispa o cualquier gota que salte tiene donde caer sin más consecuencias. Y no cocino pegado a la tienda: dejo un par de metros, por si vuelca.

Cuando termino, no levanto el resguardo de inmediato. Espero a que el quemador se enfríe, y solo entonces retiro las piedras y las devuelvo al sitio de donde las cogí. En un terreno de tierra y piedra como este, si las dejas en montón se nota que ha habido alguien.

El hornillo, el cartucho y el frío

El cartucho pierde presión con el frío, y esto se nota mucho en enero. Con la mañana a -1 °C la llama sale baja y el agua tarda una barbaridad. Lo que hago es llevar el cartucho puesto en el hornillo dentro del macuto hasta el último momento, para que no pase la noche en el suelo frío. Al montarlo, lo dejo con la rosca bien puesta y compruebo con la mano que no hay fuga.

Si huelo gas, no hay más conversación: cierro la llave, me aparto y lo dejo así. No intento apretar más la rosca, ni cambiar la junta sin luz, ni buscar la fuga con la llama, que es lo primero que le sale a uno y lo peor que puede hacer. En casa, con luz y sin prisa, lo decide quien sepa.

Del consumo hablo en otra página con más detalle, pero el resumen es que el viento me cuesta gas. Un mismo litro de agua, con resguardo y tapa, me sale por la mitad que sin nada.

Cuando ni lo intento

Hay noches que no se cuece y punto. Si el anemómetro pasa de cierta racha, o si veo las piedras moverse solas, guardo el hornillo y no lo enciendo. La cena entonces es pan, queso, una lata y fruta, y no me muero. He cenado así bastantes veces y nunca me he arrepentido al día siguiente.

La alternativa que no me vale es cocinar dentro de la tienda. El gas dentro de una lona cerrada, ni de broma. Y tampoco me vale meterme en el hueco de un muro o de un cobertizo que no es mío, porque no sé quién lo usa ni con qué.

En verano hay otra opción: esperar. El viento de la meseta suele amansar un rato después de la puesta de sol, y si ceno a las diez, con la luz del frontal, muchas veces pillo ese hueco. No siempre; algunas noches sopla igual toda la noche y entonces la cena es fría. Es lo que hay.

Errores que he cometido

  • Puse el hornillo de espaldas al viento, sin resguardo, en una noche con racha. Se apagó dos veces y a la tercera la cacerola volcó. Ahora levanto la U de piedras y cocino a sotavento.
  • Cerré el resguardo por completo, pegando las piedras al hornillo, y a los pocos minutos noté olor a gas. Cerré la llave y me aparté. Desde entonces dejo la U abierta por sotavento.
  • Cocí destapado por no estar pendiente y el litro tardó el doble. Aprendí a tapar desde el principio y a no destapar para mirar.
  • Cogí piedras húmedas de un arroyo para el resguardo. Al calentarse saltó vapor y alguna se movió. Ahora uso piedras secas del propio terreno, nunca del cauce.
  • Coloqué la cacerola con el asa a barlovento y la racha tiró de ella. Ahora pongo el asa de espaldas al aire y dejo un par de metros hasta la tienda.