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TécnicaFuego y seguridad

Apagar el fuego del todo

El rescoldo es lo que me quita la tranquilidad cuando he encendido fuego. Las brasas se quedan debajo de la ceniza, tapadas, sin llama y sin humo, y aguantan ahí horas. Con un golpe de viento vuelven a la vida en un sitio que yo ya había dado por apagado. Por eso no me fío de la vista: echo agua, remuevo, echo más agua y lo compruebo con el dorso de la mano. Nada se queda a medias.

Apagar el fuego del todo
La ceniza mojada repartida en capa fina sobre la tierra, con las piedras del resguardo ya separadas.

Lo esencial

  • Agua, remover, más agua. Hasta que no sale vapor ni chisporrotea, no he terminado.
  • El rescoldo aguanta horas debajo de la ceniza, sin llama y sin humo. La vista engaña.
  • Compruebo con el dorso de la mano, acercándolo poco a poco y desde arriba, nunca con la palma.
  • Las piedras del resguardo también están calientes. Hay que moverlas y comprobarlas una a una.

Paso a paso

El rescoldo es la trampa

Un fuego parece apagado mucho antes de estarlo. Cuando ya no hay llama ni humo, debajo de la ceniza quedan brasas que siguen calientes y que pueden aguantar así hasta la mañana. En un anillo de piedras, además, el calor se guarda entre las propias piedras, y eso ayuda a que el rescoldo dure más.

El viento es lo que lo enciende otra vez. Aquí sopla recto desde los campos y no afloja con la noche; una racha que entre en el montón de ceniza levanta una brasa, la lleva a la hierba seca de al lado y ya tenemos el problema. No hace falta una llama grande, con una chispa basta.

Por eso apago pensando en las horas que vienen, no en el momento. Cuando echo el agua y no veo nada, no me voy. Me quedo un rato, remuevo otra vez y vuelvo a mirar. Apagar es una tarea, no un gesto.

Agua, remover, más agua

El orden que sigo es siempre el mismo. Primero un poco de agua, repartida por todo el montón, no solo por el centro. Luego remuevo con un palo, mezclando la ceniza con el agua, para que el agua llegue hasta abajo. Después, más agua. Y vuelvo a remover.

Repito hasta que pasa una cosa muy concreta: deja de chisporrotear y deja de salir vapor. Mientras haya brasa, el agua que cae encima silba y se va en vapor; eso me está diciendo que todavía queda calor. Cuando echo agua y no pasa nada, ni silbido ni vapor, es que voy bien.

Un litro suele bastar para un fuego de cena, pero he gastado dos litros en un montón grande de leña que estuvo ardiendo una hora. El agua la llevo yo desde casa en una garrafa de cinco litros, porque en el páramo no hay donde cogerla. No enciendo fuego si no tengo con qué apagarlo.

Comprobar con el dorso de la mano

El último paso es el que más me ha enseñado. Acerca la mano, pero no la palma: el dorso, desde arriba y despacio. El dorso de la mano es más sensible y avisa antes si hay calor, y encima, si algo falla, el reflejo de retirarla es más rápido.

Si noto calor, todavía hay brasa: más agua y a remover. Si no noto nada, espero cinco minutos de reloj y vuelvo a acercar el dorso. Esos cinco minutos son importantes, porque el calor que queda en las piedras puede subir y engañarme. Solo cuando a la segunda comprobación tampoco noto nada, doy el fuego por apagado.

Al final meto la mano, ya sin miedo, en la ceniza mojada, la remuevo y la deshago con los dedos. Si encuentro algún trozo que todavía está caliente en el centro, vuelvo a empezar. Me ha pasado dos veces y las dos veces me alegré de haber mirado.

Las piedras también guardan calor

El anillo de piedras con el que resguardo el fuego se queda caliente y sigue caliente bastante rato después de apagar. Una piedra que ha estado toda la noche junto a las brasas puede seguir tibia por dentro por la mañana. Así que no me voy sin moverlas.

Las separo una a una y las devuelvo al sitio de donde las cogí, repartidas, no en montón. Si alguna está partida por el calor, la dejo aparte, porque una piedra agrietada puede saltar si vuelve al fuego. En este terreno, la mayoría de las que uso ya estaban sueltas en el suelo, y volver a dejarlas donde estaban es lo menos que puedo hacer.

Con las piedras calientes no echo agua de golpe. El cambio brusco las parte y salta alguna esquirla. Las dejo enfriar al aire mientras recojo el resto, y luego las compruebo con el dorso, igual que la ceniza.

El sitio queda como estaba

Cuando termino, el sitio no tiene que notarse. La ceniza, fría y mojada, la reparto en una capa fina por la tierra y la mezclo con el suelo. Nunca la dejo en montón, porque un montón de ceniza canta desde lejos y además tapa restos que aún pueden estar calientes.

Las ramas que no ardieron las aparto a un lado, lejos de donde estaba el fuego, y si están secas me las llevo para la próxima vez. La base, si la levanté con piedras, la dejo como estaba. Y las marcas de la hoguera, si el suelo era de tierra, las cubro con la tierra de alrededor.

Esto es tan importante como encender bien. Un sitio que parece que no ha tenido fuego es un sitio donde el siguiente puede volver a encender sin encontrarse una trampa. Y en un terreno seco como este, además, es lo que evita que quede algo vivo por debajo de la ceniza.

Errores que he cometido

  • Cubrí las brasas con tierra y me fui. A la mañana siguiente, al remover, todavía salía calor. Ahora echo agua, remuevo y compruebo con el dorso antes de irme.
  • Eché agua por encima del montón sin remover y di el fuego por apagado. Debajo seguía la brasa. Ahora remuevo con un palo para que el agua llegue al fondo.
  • Toqué la ceniza con la palma de la mano nada más echar el agua. Me llevé un susto y no lo he vuelto a hacer: compruebo con el dorso, despacio y desde arriba.
  • Dejé el fuego un momento para recoger la tienda y el viento lo avivó. No pasó nada, pero desde entonces no dejo el fuego solo ni un minuto.
  • Eché agua sobre las piedras calientes de golpe y saltó una esquirla. Ahora las dejo enfriar al aire y las compruebo después, una a una.