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TécnicaTiendas y montaje
Elegir dónde plantar la tienda
Elegir el sitio me lleva más tiempo que montar la tienda, y no me importa. Doy una vuelta, miro de dónde viene el aire, compruebo el suelo con el pie y, si no me convence, sigo andando. En una salida de febrero me costó veinte minutos encontrar un hueco detrás de una linde, y esa noche dormí del tirón. Otras veces he plantado la tienda en el primer sitio llano que he visto por no andar diez minutos más, y lo he pagado con una noche entera de viento en la lona.
Lo esencial
- Lo primero es el viento: miro de dónde viene y busco algo que lo corte, aunque tenga que andar diez minutos más.
- El desnivel importa menos que el aire. Busco media ladera o un escalón, no la cresta ni el fondo del valle.
- El suelo manda para las piquetas: la tierra suelta de los caminos no agarra nada, y en el polvo no clavo.
- Si no hay nada que corte el viento en varios cientos de metros, no monto: duermo en el coche.
Paso a paso
El viento decide antes que el paisaje
Lo primero que hago al llegar no es mirar el suelo, es mirar el aire. Saco la mano, me giro despacio y noto en qué mejilla pega. Miro la hierba, que siempre va tumbada hacia el mismo lado, y las ramas altas de los árboles que tenga cerca. Con eso sé de dónde viene, y con eso empiezo a buscar.
En mi zona el viento entra recto desde los campos, sin una línea de árboles que lo pare, y no afloja en toda la noche. Es la variable que más me condiciona, más que la lluvia. Por eso lo que busco no es un sitio bonito ni el mejor mirador: busco algo que me tape. Un talud, una linde, un muro de piedra viejo, el propio coche si no hay otra cosa. Cualquier cosa sirve si rompe la corriente.
Y esto vale igual en verano. En agosto la noche baja a 8 °C en la meseta, y con aire esa cifra se siente como mucho menos. El viento me quita más grados que la propia temperatura, así que elegir un sitio abrigado es la mitad del trabajo de dormir bien.
Media ladera, ni cresta ni fondo
Con el desnivel hay dos errores que he cometido y no pienso repetir. El primero, dormir en lo alto de una loma por las vistas. Arriba pega todo el aire que hay en el valle y no hay nada que lo frene. Dormí mal y por la mañana tenía la tienda llena de polvo por dentro.
El segundo, bajar al fondo del valle o al cauce seco buscando abrigo. Ahí no hay viento, es verdad, pero el aire frío se queda estancado y amanece helado. En una noche de octubre, con 6 °C en el aparcamiento, me desperté con escarcha en la lona del fondo del barranco.
Donde mejor duermo es a media ladera, en un escalón del terreno, con el aire pasando por encima de la cabeza. Si además hay un grupo de árboles al lado, mejor. Y si el suelo tiene una pendiente suave, mejor todavía: no es que sea más cómodo, es que el agua de la lluvia escurre y no se me queda debajo de la esterilla.
El suelo: aquí las piquetas no agarran
La tierra por aquí es seca y suelta. En el polvo de los caminos y en las zonas de grava fina, una piqueta entra sola con la mano y sale igual de sola con una racha. Eso lo aprendí la primera temporada, cuando a las tantas de la madrugada dos piquetas salieron disparadas y tuve que salir a buscarlas con la linterna.
Lo que hago ahora es probar el suelo antes de descargar la mochila. Clavo una piqueta sin forzar; si entra y no opone nada, ese sitio no vale. Busco tierra más apelmazada, con hierba corta y raíces, que es la que sujeta. Si no hay otra cosa, cargo las piquetas con piedras grandes o las clavo tumbadas en diagonal, enterrando el cuerpo entero.
Y no monto sobre un camino ni sobre un carril. Lo he visto hacer muchas veces en las áreas de descanso donde paro entre semana, casi siempre donde no se debe, y no me parece bien ni me conviene: si alguien tiene que pasar, me va a pedir que levante la tienda a las dos de la mañana.
Los diez minutos que siempre merecen la pena
Cuando llego a un sitio y no me gusta lo que veo, no descargo. Ando. Cinco minutos, diez, un cuarto de hora. Lo he hecho hasta con el coche, moviéndolo dos kilómetros más allá por un camino de tierra para ponerme detrás de una linde. Nunca me he arrepentido de haber andado y sí me he arrepentido muchas veces de haberme quedado en el primer llano.
En agosto, con 32 °C a mediodía, esos diez minutos de más se hacen cuesta arriba y con la mochila cargada no apetece nada. Pero la noche empieza a las once, y a las once el cansancio de ahora no se acuerda. Lo que se acuerda el cuerpo es de la racha que pega en la lona.
Lo que sí hago es decidir rápido. Me pongo un límite: si en quince minutos no encuentro algo mejor, me quedo donde estoy y lo arreglo de otra manera, abrigado con el coche o montando más bajo. Andar una hora buscando el sitio perfecto con la luz cayendo es otra manera de dormir mal.
Cosas que miro y que no se ven a primera vista
Encima del sitio hay más cosas. Miro si hay un árbol grande con ramas secas por arriba, y si lo hay, no duermo debajo: con viento una rama cae y no avisa. Miro también si el suelo está lleno de piedras grandes a ras, que atraviesan la esterilla y se notan toda la noche en la espalda.
Miro dónde aparco. Si puedo dejar el coche entre la tienda y el viento, lo pongo ahí, aunque quede raro. Y aparco mirando hacia la salida, costumbre de trabajo, porque si tengo que irme de madrugada no quiero maniobrar a oscuras.
Y miro dónde está el agua, no para beber sino para saber si el suelo se va a mojar. Si hay una charca a cinco metros, el aire húmedo se queda y la lona amanece empapada por fuera aunque no haya llovido. Con eso ya sé que tendré que secar la tienda en casa el lunes.
Errores que he cometido
- Dormí en la cresta de una loma por las vistas y me comí todo el viento del valle. Ahora, si el sitio está alto y despejado, bajo una media ladera.
- Me metí en el fondo de un barranco buscando abrigo y amanecí con escarcha en la lona. Ahora evito los fondos, donde el aire frío se queda parado.
- Clavé las piquetas en el polvo de un camino y dos salieron volando de madrugada. Ahora pruebo el suelo con una piqueta antes de descargar la mochila.
- Planté la tienda en el primer llano que vi por no andar diez minutos más. Ahora ando esos diez minutos aunque sea agosto y pese la mochila.
- Aparqué el coche de espaldas a la salida y tuve que maniobrar a oscuras con lluvia. Ahora lo dejo siempre mirando hacia fuera.