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Equipo que usoMochila y carga
Mochila de 60 litros
Doce años con la misma mochila dan para mucho. La compré en 2014, el mismo año que la tienda, y desde entonces la he cargado casi todos los fines de semana que he dormido fuera. He ido cambiando el material de dentro, pero la mochila sigue. En estos años he probado a repartir el peso de muchas maneras y he pagado cada error con una mañana de espalda cargada. Aquí cuento dónde va lo pesado, por qué llevo el agua partida en dos botellas y cuántos kilos me he quitado de encima desde las primeras salidas.
Doce años con la misma mochila
La compré en 2014, el mismo año que la tienda. En estos doce años ha subido al páramo, ha dormido en áreas de descanso y se ha mojado más veces de las que puedo contar. La tela de la base está desgastada por las esquinas y una de las correas del cinturón va con cinta aislante desde hace tres temporadas. Sigue sirviendo.
Cuando la estrené llevaba dentro todo lo que cabía, porque cabía. Ese fue mi primer error. En una mochila de 60 litros entra una casa entera, y como entra, la llenas, y como la llenas, la cargas. Pesaba 17 kg para una sola noche. Ahora llevo entre 11 y 13 kg, duermo mejor, ceno mejor y ando diez minutos más sin pararme.
El cambio no ha venido de comprar material nuevo, sino de dejar de meter cosas por si acaso. Cada cosa que entra tiene que responder a una pregunta concreta: ¿qué pasa si no la llevo? Si la respuesta es que no pasa nada grave, se queda en casa.
Dónde va lo pesado
Lo pesado va pegado a la espalda y a la altura de los omóplatos, no en el fondo ni en la tapa. Así el peso cae sobre las caderas a través del cinturón y la espalda trabaja de pie, no doblada hacia atrás. Yo lo tengo repartido de esta manera: el saco de dormir abajo del todo, apoyado en la base, porque es voluminoso y ligero; la comida y la cacerola en el centro, contra la espalda; la ropa de agua y el poncho arriba, a mano; y el agua en los bolsillos laterales.
Hay una excepción: si llevo que caminar mucho rato, subo el saco hasta la mitad de la mochila. Abajo del todo queda muy lejos del centro de gravedad y noto cómo me tira hacia atrás en cada paso. Subirlo medio palmo me cambia la mañana entera.
Y nada de cosas colgando por fuera. Una vez até la esterilla por detrás con dos correas y en el primer tramo de camino con matorral se me quedó enganchada dos veces. Desde entonces todo va dentro, aunque cueste apretar.
El agua, repartida y no arriba
Aguantar 2 litros en una garrafa es lo más cómodo de cargar y lo peor de llevar. En el centro de la mochila, un bloque de dos kilos se mueve con cada paso y te desequilibra; arriba, te tira de los hombros hacia atrás y te machaca las clavículas. Yo llevo dos botellas de 750 ml, una en cada bolsillo lateral, y las vacío por igual. Al final del día las dos pesan lo mismo, que es justo lo que busco.
Aquí no hay fuentes donde yo voy. En el páramo no encuentro agua potable en kilómetros, y la poca que hay sale con mucha cal. En casa el agua también es dura y deja una costra blanca dentro de la botella que hay que quitar con un cepillo cada dos o tres salidas. Si no la limpio, al cabo de un mes el sabor cambia y no hay quien beba.
En verano llevo 2 litros y en invierno litro y medio. En agosto a mediodía paso de los 30 °C, así que el agua no sobra; el resto del año la mitad se vuelve a casa.
Los kilos que me he quitado de encima
De 17 kg a 11 he bajado sin comprar nada, solo decidiendo. Lo que salió de la mochila: la mesa de camping plegable, que usaba una vez cada cinco salidas; la sartén grande, que sustituí por la cacerola de un litro; las cuatro raciones de comida, que ahora son dos y un poco de fruta; el tercer jersey, que hacía las veces de almohada y acababa mojado.
También salió una cantimplora metálica de litro que llevaba de reserva y no vaciaba nunca. Y un cuchillo grande que no usaba para nada porque para cortar pan y embutido me sobra una hoja corta. Peso muerto, todo ello.
Lo que no he quitado: la esterilla, el gorro y los calcetines secos de dormir. Cada intento de ahorrar cien gramos por ahí me ha costado una noche de frío. Eso lo aprendí a base de dormir mal, y no pienso repetirlo.
Cómo la ajusto y dónde la guardo
El orden de ajuste es siempre el mismo: primero el cinturón, apretado sobre las caderas; después las correas de los hombros, hasta notar el peso repartido y no colgando; y al final las dos cintas estabilizadoras del pecho, solo lo justo para que no se muevan las correas. Aprieto antes de empezar a andar, porque con el cuerpo caliente las correas se me quedan flojas en diez minutos.
La prueba de que está bien puesta es sencilla: me agacho, me levanto, muevo los brazos y doy veinte pasos por el aparcamiento. Si la mochila se mueve a la vez que el cuerpo y no me da en la nuca, vale. Si me golpea el cogote o se me sube a los hombros, vuelvo a empezar.
En casa la guardo colgada de un gancho dentro del armario, con las correas sueltas y vacía. Vivimos en un piso pequeño, sin garaje ni trastero, y no hay otro sitio. Vacía ocupa poco y así no coge humedad ni se deforma el relleno de la espalda.
Lista de comprobación
- Vacía la mochila entera en el suelo del salón y deja fuera todo lo que no hayas usado las dos últimas salidas.
- Pon el saco abajo, contra la base, y la comida y la cacerola en el centro pegado a la espalda.
- Mete el agua en dos botellas de 750 ml, una en cada bolsillo lateral.
- Deja la ropa de agua y el poncho arriba, a mano, sin desmontar todo lo demás para llegar a ellos.
- Aprieta primero el cinturón, después los hombros y al final las cintas del pecho.
- Da veinte pasos con la mochila puesta antes de arrancar y comprueba que no se mueve ni te da en la nuca.
- Al volver a casa, sácala toda y guárdala colgada y vacía, con las correas sueltas.