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Orientar la puerta de la tienda

La orientación de la puerta la decido en el minuto que tardo en extender la tienda, y es lo que más me ha cambiado las noches. No es una manía de perfeccionista: es que tengo una noche apuntada en la libreta en la que dejé la puerta mirando a la boca del valle, y el aire entró por ahí toda la noche. Desde entonces lo hago en el mismo orden, antes de clavar la primera piqueta, y no me ha vuelto a pasar.

Orientar la puerta de la tienda
La parte trasera de la tienda orientada al viento, con los tensores de barlovento tensados y una piqueta cargada con piedras.

Lo esencial

  • Antes de extender la tienda, párate un minuto y mira de dónde viene el aire: en la cara, en la manga del poncho o en la hierba.
  • La parte trasera mira al viento y la puerta queda de lado, nunca de frente a la corriente.
  • Si el viento cambia de noche, giras los tensores y duermes con la capucha puesta; no sales a desmontar a las tres.
  • Las piquetas van en diagonal, con la punta hacia fuera de la tienda, y con la puerta de lado ventila mejor la condensación.

Paso a paso

La noche que dejé la puerta mirando al valle

Fue en enero, en un sitio que conozco bien. Llegué con luz justa, tenía frío y monté rápido, sin dar la vuelta al terreno. La tienda quedó mirando a la boca del valle porque era el lado llano y desde ahí se veía todo. En menos de una hora el viento empezó a entrar por la puerta, directo, y no paró en toda la noche.

El resultado: se me llenó la tienda de arena, porque la tierra de aquí es suelta y el aire la levanta. Una fina capa de polvo por el suelo, en el saco y dentro de la cazuela. Y a eso de las tres de la mañana, dos piquetas salieron disparadas de la parte de barlovento y la lona empezó a batir contra mí. Tuve que salir con la linterna, medio vestido, a volver a clavarlas.

No dormí nada. Y lo peor no fue el frío ni el ruido: fue saber que todo eso lo había decidido yo al montar de prisa. Desde entonces la orientación se piensa antes de extender la tienda.

Cómo leo de dónde viene el aire

Antes de descargar nada, me pongo de pie y me giro despacio, un par de vueltas. Noto en qué mejilla pega y en qué lado del cuello. Si tengo el poncho a mano, levanto un faldón y miro hacia dónde lo empuja. Y si no, miro el suelo: la hierba, el polvo del camino y las hojas van todos hacia el mismo lado, siempre.

Otra cosa que hago es mirar las ramas altas. Cerca del suelo el aire puede estar tapado por un talud o por el propio coche, y engañarme. Arriba no hay trampa: lo que hacen las copas es lo que va a hacer toda la noche en la lona.

Todo esto son dos minutos, y los dos minutos se hacen de pie, no agachado con la tienda medio montada. Si ya has extendido la lona, la pereza te puede y acabas girándola mal o no girándola. Yo lo aprendí así.

La puerta de lado, ni de frente ni cerrada del todo

Con el viento ya identificado, la regla que sigo es sencilla: la parte trasera de la tienda, la que no tiene puerta, mira a la corriente. La puerta queda en un lateral, en ángulo, y así el aire resbala por la lona en lugar de entrar por la abertura.

Lo segundo es no cerrar la puerta a cal y canto. Si la dejo completamente cerrada, por la mañana la pared interior amanece empapada de condensación. A mí me pasó una vez y al moverme toqué la lona: el agua corrió toda hacia abajo, justo encima de la parte de los pies del saco, y me dejó el pie de saco mojado. La segunda noche de aquel fin de semana dormí bastante peor.

Así que dejo la puerta orientada de lado y con algo de ventilación arriba, aunque refresque. Y separo los pies del saco un palmo de la pared, sin apoyarlos. Con eso la condensación se queda en la lona y no en mi ropa.

Las piquetas en diagonal y con la punta hacia fuera

La orientación de la tienda no sirve de nada si las piquetas salen. Aquí la tierra es tan suelta que una piqueta clavada recta no aguanta una racha de costado. Yo las clavo en diagonal, con la cabeza inclinada hacia fuera de la tienda, de manera que la cuerda tire contra el suelo y no hacia arriba.

Donde el suelo es polvo, ni con esas. Ahí entierro la piqueta tumbada, haciendo una zanja con la mano, y la cargo con dos o tres piedras grandes encima. En un sitio con grava fina he llegado a usar cuatro piedras por piqueta. Es un trabajo de veinte minutos que no apetece nada, pero es la diferencia entre dormir y salir a las tres de la mañana.

Y los tensores los tenso todos, no solo los de delante. Un tensor flojo en la parte de atrás deja la lona suelta y el aire la mueve como una vela toda la noche.

Cuando el viento cambia a mitad de noche

El viento cambia. Casi siempre hacia las tres o las cuatro de la mañana, que es cuando menos ganas tengo de levantarme. En la meseta pasa a menudo: entra del norte al anochecer y luego gira al este, o al contrario.

Lo que hago cuando noto que ha girado y la lona empieza a batir es lo mínimo: me pongo la capucha del saco bien ajustada, me giro con la espalda hacia donde pega y aguanto hasta el amanecer. Salir a girar la tienda a oscuras, con frío y sin ver dónde piso, me parece peor negocio que una noche regular.

Si el viento sube de verdad y la tienda se mueve entera, entonces sí salgo, pero para recoger, no para recolocar. Meto todo dentro del coche y duermo ahí. Lo he hecho dos veces y las dos veces he pensado que debería haberlo hecho media hora antes.

Errores que he cometido

  • Dejé la puerta mirando a la boca del valle y el aire entró toda la noche; se me llenó la tienda de arena y salieron dos piquetas. Ahora la parte trasera mira al viento.
  • Monté sin dar la vuelta al terreno, con la luz cayendo, y decidí la orientación de cualquier manera. Ahora doy una vuelta de dos minutos antes de extender la lona.
  • Cerré la puerta del todo y la condensación acabó en el pie del saco. Ahora dejo ventilación arriba y separo los pies un palmo de la pared.
  • Clavé las piquetas rectas en tierra suelta y salieron con el viento. Ahora las clavo en diagonal y las cargo con piedras donde el suelo no agarra.
  • Me levanté a girar la tienda a las tres de la mañana y acabé peor que si me hubiera quedado quieto. Ahora aguanto hasta el amanecer y, si empeora, recojo.