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Poncho de lluvia

Aquí llueve poco, eso es cierto. Lo que cae es viento, y el viento de costado moja igual que una lluvia fina, sobre todo cuando llevas media hora peleándote con los tensores y no puedes soltar las manos. Durante años cargué una chaqueta impermeable y acababa con el pecho calado: el agua entraba por la cremallera, por el cuello y por debajo del faldón, y la mochila se empapaba por detrás. El poncho que compré en 2021 no es una prenda elegante ni fina, y lo llevo mal puesto casi siempre. Pero cuando toca montar con aire y cuatro gotas, es lo único que me deja las dos manos libres.

Por qué dejé la chaqueta en casa

La chaqueta que usaba antes pesaba unos 600 g, tenía años y era buena, pero protegía el tronco y nada más. Con la mochila puesta, el agua resbalaba por la espalda, bajaba por debajo del cinturón y me dejaba los riñones y la parte de arriba de los muslos empapados. Los brazos, igual: la manga acababa chorreando y la muñeca se quedaba al aire entre el puño y el guante.

El poncho resuelve eso porque no tiene mangas ni cremalleras. Es una tela con un agujero para la cabeza. Cae por delante, por detrás y por los lados, y cubre la mochila entera, que en mi caso es lo que más agua recoge. Pesa 320 g con la bolsa, casi la mitad, y ocupa el hueco de un puño en el bolsillo de fuera.

No voy a decir que sea mejor en todo. Con viento fuerte es un incordio y con frío no abriga nada. Pero para montar la tienda con agua y aire, que es lo que hago casi siempre, me deja las manos libres y no me obliga a sacármelo para llegar al fondo de la mochila.

Ponérselo por encima de la mochila

El orden importa, y me costó dos salidas darme cuenta. Primero la mochila a la espalda y bien ajustada del cinturón; después el poncho por encima de todo. Si me lo pongo antes y luego cargo, la tela se me queda atrapada debajo de las correas y acaba hecha un rollo en el cuello.

Con el poncho puesto, el pico de delante va sobre el pecho y el de detrás sobre la mochila, que es la parte ancha. Aprieto la capucha y el cordón del cuello, y dejo los lados sueltos hasta el último momento para tener las manos fuera. Cuando la tienda ya está medio montada, me ato las dos esquinas de delante a la cintura con un nudo simple; así el viento no me lo levanta por delante, que es por donde entra el agua.

Si tengo que arrodillarme para clavar piquetas, levanto el faldón y me lo meto por debajo de las rodillas. Parece una tontería, pero la diferencia entre trabajar con las piernas mojadas y secas es toda la noche.

Cuando el aire sopla de costado

Aquí el viento entra recto desde los campos y no afloja en toda la noche; es la variable que más me condiciona, más que la lluvia. En mi zona hay días de febrero con rachas de 50 km/h y el cielo limpio. Con ese aire el poncho se hincha como una vela y hay que sujetarlo con las dos manos, lo cual es incompatible con clavar nada.

Lo que hago es trabajar de espaldas al viento. Me pongo de manera que el aire me dé en la espalda y el faldón quede por delante, pegado al cuerpo. Así la tela no se levanta y el agua escurre hacia el suelo por delante de los pies, no hacia dentro.

Y aprendí a no ponérmelo en mitad de un descampado. Se pone en el resguardo del coche, con la puerta abierta haciendo de pantalla, y desde ahí salgo ya vestido. Diez segundos de abrigo valen más que veinte minutos peleándome con la tela a campo abierto.

Si el aire pasa de lo que aguanto, no monto. Espero sentado dentro del coche. No hay ninguna prisa por dormir al raso.

Usos que no tienen nada que ver con la lluvia

El poncho se ha quedado en la mochila todo el año porque sirve para más cosas. La más habitual: sentarme en el suelo con él por debajo. En invierno la tierra está fría y húmeda aunque no haya caído una gota, y una tela impermeable de 130 por 110 cm es alfombra de sobra para comer sin acabar con el pantalón calado.

La segunda es el rocío. Si duermo cerca de una pradera o de la ribera, por la mañana la tienda amanece empapada por fuera. Cuando amenaza, tiro el poncho por encima de la parte alta de la tienda, sin tapar las ventilaciones, y recojo la lona mojada. Me ahorro tener que secar la tienda en casa.

La tercera es el coche. En un área de descanso, con la puerta abierta y lluvia fina, el poncho colgado de la puerta hace de toldo mientras como algo de pie. Es lo que hacía de joven con una manta, con menos peso encima.

Lo que se rompe, lo que se seca y cuánto dura

Un poncho de estos se rompe siempre por el mismo sitio: los ojales y el cordón de la capucha. Los ojales, porque tiras de ellos para sacudirlo; el cordón, porque no hay quien lo ajuste sin apretar. Con el segundo cordón que partí aprendí a no dar tirones y a sacarlo de la bolsa con las dos manos.

El primero me duró siete años, con dos temporadas metido en la mochila casi cada semana. El que uso ahora es el segundo. Cuando el borde de la capucha se despega, lo llevo a coser a casa, en la mesa de la cocina, con hilo grueso y una aguja de las de lana. No es una reparación fina, pero aguanta otra temporada.

Y lo seco siempre. Vivimos en un piso sin patio ni garaje, así que tiendo el poncho en el tendedero del salón, con la capucha hacia abajo, y lo dejo ahí hasta que pesa poco. Guardado húmedo huele a humedad a las dos semanas, y después ya no hay manera de quitarle el olor.

Lista de comprobación

  • Antes de salir, comprueba que el poncho está en el bolsillo de fuera de la mochila y no en el fondo.
  • Cuando empieza a caer agua, sácalo y ponlo por encima de la mochila, nunca por debajo de las correas.
  • Ajusta la capucha y el cordón del cuello antes de extender el resto de la tela.
  • Agarra el faldón por delante si el aire lo levanta, o átate las dos esquinas a la cintura.
  • Al terminar de montar la tienda, cuélgalo de un tensor o de la puerta del coche, nunca dentro de la tienda.
  • Si puedes, sécalo el mismo día en el tendedero de casa; no lo guardes húmedo.
  • Una vez al año revisa ojales y cordón y cose a mano lo que se haya despegado.