Inicio Técnicas de campo Fuego y seguridad Encender fuego con madera húmeda

TécnicaFuego y seguridad

Encender fuego con madera húmeda

Después de una semana de lluvia, toda la leña que encuentro en el suelo está empapada, y con ella no se enciende nada. Lo que hago es no coger nada del suelo: busco las ramas que siguen en el árbol, secas y a resguardo, y las parto para llegar al interior, que es lo único que arde. Si a la tercera intentona no prende, no sigo dándole vueltas; guardo la yesca y saco el hornillo. Aquí cuento el orden que sigo y dónde me detengo.

Encender fuego con madera húmeda
Ramas muertas todavía en el pino, partidas por la mitad para enseñar el interior seco.

Lo esencial

  • La madera seca no está en el suelo, está en el árbol. Ramas bajas muertas, todavía en pie, y piñas abiertas de pino.
  • Parto las ramas por la mitad: el interior seco es lo que arde, la corteza mojada no.
  • De menos a más: yesca, astillas finas del grosor de un lápiz y, solo después, ramas. Al revés no prende.
  • Tres intentonas y al hornillo. Insistir una noche húmeda solo me deja las manos frías y el ánimo peor.

Paso a paso

Primero miro si puedo encender

Antes de coger una rama, miro si me dejan. En muchos sitios está prohibido encender fuego en cualquier época, y en verano, con el terreno seco y el viento, aunque no esté prohibido es una temeridad. Miro el aviso del sitio, el nivel de riesgo y de dónde viene el aire. Si algo no me cuadra, no enciendo nada y tiro del hornillo, que para eso lo llevo siempre en la mochila.

Esto no es una precaución de adorno. He visto cómo prende una linde seca en la meseta en agosto: va más rápido de lo que parece y corre en la dirección del viento. Un fuego pequeño no se queda pequeño si hay aire.

Cuando sí enciendo, es en un sitio despejado, con la tierra limpia alrededor, lejos de la hierba seca y de la tienda, y con agua a mano. Si no tengo agua cerca, no enciendo, ni con leña seca. Aquí me detengo.

La madera seca está en el árbol

La leña del suelo, después de unos días de humedad, está empapada por dentro y por fuera. Puedo pasarme media hora intentando encenderla y no prende, o prende mal, con mucho humo y poca llama, justo lo que no quiero. Así que no la cojo.

Lo que busco son ramas muertas que siguen en el árbol, sobre todo en la parte baja, donde quedan secas porque les da el aire. En los pinos hay además piñas abiertas y secas, y la corteza interior de una rama vieja, que arde muy bien. Cojo poco: un par de ramas del grosor de un dedo y varias más finas.

Cuando el árbol está mojado por fuera, la rama muerta suele estar seca por dentro, sobre todo si está en vertical y el agua resbala. La prueba es partirla. Si el crujido es seco y el interior está claro, vale. Si el interior está marrón y se dobla en vez de romper, la dejo donde está.

Partir para llegar al interior seco

Una rama húmeda por fuera puede tener el corazón seco, y ahí está el fuego. La parto por la mitad, con las manos si es fina o apoyándola en la rodilla, y me quedo con las astillas del centro. Esas astillas, del grosor de un lápiz o menos, son las que prenden.

De la corteza mojada no saco nada; la aparto. Busco lo que cruje al doblarlo, que es la señal de que está seco. En una rama gruesa, el corazón a veces está podrido: entonces la desecho entera y busco otra.

Con la navaja solo hago cortes de poca fuerza, para sacar punta o hacer virutas finas de la parte seca. En cuanto un corte me pide fuerza o precisión —de los que hay que hacer apretando con todo el brazo—, la cierro y busco otra rama que se parta sola. No es por miedo a la herramienta; es que sin luz y con frío los cortes forzados salen mal, y me llevé un susto una vez que no quiero repetir.

De la yesca a la rama, en orden

El montaje va de menos a más y sin saltarse pasos. Primero la yesca: un puñado de hierba seca, corteza desmenuzada o las virutas que saco con la navaja. Luego las astillas más finas, del grosor de un lápiz, en cruz. Después un par más gruesas, del grosor de un dedo. Y solo cuando hay llama estable, la rama.

Si pongo la rama antes de que la astilla fina esté bien prendida, la apago. Lo he hecho muchas veces, con prisa y con frío, y siempre acaba igual: se apaga y tengo que volver a empezar. Ahora me obligo a esperar a que la llama aguante sola un minuto antes de subir de grosor.

En una noche húmeda, el truco que mejor me ha funcionado es levantar el fuego del suelo. Pongo la yesca sobre una piedra plana y una rama seca cruzada, en vez de tirarla directamente a la tierra. La humedad de abajo apaga igual que la de arriba, y en el páramo el suelo coge agua con nada que llueva.

Las tres intentonas y al hornillo

Me pongo un límite y lo respeto. Si a la tercera intentona no tengo llama, dejo el fuego y saco el hornillo. Tres intentonas son unas dos ramas quemadas, media caja de cerillas y las manos más frías que al llegar. Seguir a partir de ahí es cabezonería, y con cabezonería he llegado a las once de la noche sin cena y sin ganas.

No cuento la tercera intentona como una más si el viento ha subido o si empieza a llover. En cuanto cambian las condiciones a peor, lo dejo antes; el fuego que casi prendía ya no va a prender con la racha encima.

Lo que dejo preparado para la próxima vez es lo que aprendí esta: las ramas que no ardieron las guardo bajo la lona de la tienda, donde no les da la humedad, y las uso al día siguiente, con el sol ya en el sitio. Con la madera seca por fuera y el hornillo de apoyo, el desayuno no se me escapa.

Errores que he cometido

  • Cogí ramas del suelo después de varios días de humedad y me pasé media hora sin conseguir llama. Ahora busco madera muerta todavía en el árbol.
  • Puse una rama gruesa encima de las astillas finas con la llama todavía débil y la apagué. Ahora subo de grosor solo cuando la llama aguanta sola un minuto.
  • Forcé la navaja con una rama gruesa, apretando con todo el brazo, para sacar astillas. Me llevé un susto con el filo. Ahora solo corto flojo y busco madera que se parta sola.
  • Encendí en una zona de hierba seca sin pensarlo, en septiembre, con viento. No pasó nada, pero al día siguiente lo vi y me asusté. Ahora miro el terreno y la normativa antes de nada.
  • Seguí intentándolo cinco o seis veces con la madera húmeda, de noche y con frío, y acabé cenando pan. Ahora a la tercera lo dejo y saco el hornillo.