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Cacerola de aluminio de un litro
Una olla de un litro es todo mi equipo de cocina. Con ella hiervo el agua del té, caliento un bote de garbanzos y, cuando la noche viene fría, la lleno de agua caliente, la tapo bien y la meto en el saco antes de acostarme. No llevo juego de cacharros ni sartén: no me cabe y no lo echo de menos. El aluminio se abolla con nada y el agua de por aquí deja una costra blanca que hay que quitar, pero sigue haciendo lo mismo que el primer día. Aquí cuento cómo la uso y en qué punto dejo de insistir.
Por qué una sola olla y no un juego
La compré en 2016 en una ferretería del centro de Valladolid, de esas que tienen los cacharros de cocina colgados del techo, y desde entonces no he necesitado otra cosa. Un litro parece una medida corta y no lo es: da para hervir agua para dos tés, para calentar una ración de guiso y para llenarla hasta arriba el día que quiero usar el agua como calefacción. Cuando la mochila va cargada, cada cosa que entra tiene que justificar su sitio, y un juego de tres piezas no lo justifica.
Como es una sola olla, como directamente del cacharro. Un trapillo en el fondo, la cuchara de palo y ya está. No mancho un plato, no llevo sartén y no me paso un cuarto de hora fregando con el poco agua que me queda. En una salida de dos noches eso se nota en el gas que gasto y en las manos, que en enero no me apetece tener metidas en agua fría.
Lo único que echo de menos es poder freír algo con holgura. Si quiero cebolla pochada, la hago en casa y la llevo en un bote.
Hervir agua: dónde se me va el tiempo
El agua la hiervo siempre con la tapa puesta, también cuando hace calor. Sin tapa, en la meseta, se pierde un montón de tiempo y de gas tonto: el aire entra por el borde, enfría la superficie y la cuenta se alarga. Con la tapa y un resguardo alrededor del hornillo, un litro me sale en unos cuatro minutos en calma y en seis o siete si hay racha. Esa diferencia, repetida dos veces al día durante tres días, decide si me sobra gas o tengo que racionar la última cena.
Cuando el agua es para el té, la aparto justo cuando rompe el hervor de verdad y la dejo tapada un minuto. Para lo que yo cocino no hace falta hervir largo. El agua de Valladolid es dura y la costra blanca aparece pronto en el fondo; la veo cuando seco la olla y la quito en casa con agua y vinagre, nunca rascando con algo metálico, que es como se raya el aluminio y luego se le pega todo.
El truco del invierno: la olla a los pies
En enero, cuando el parte anuncia bajo cero, lleno la olla de agua caliente, la tapo y la envuelvo en una camiseta vieja. Después la meto en el saco, a la altura de los pies, y la dejo ahí hasta que me duermo. El agua suelta calor despacio y los pies, que son lo primero que se me enfría, aguantan mucho mejor. En casa lo llamo «el radiador de los pies» y me hace gracia, pero funciona.
Lo que importa es que la tapa cierre de verdad y que no gotee. Una noche, por no mirar la goma, me desperté con la parte de abajo del saco húmeda y el agua ya fría. Desde entonces la lleno hasta unos dos centímetros del borde, aprieto la tapa y la pongo sobre la esterilla, nunca pegada a la lona de la tienda. Si al sacarla veo una gota, la dejo fuera del saco y esa noche me quedo sin el truco.
Antes de salir de casa compruebo que el asa y la tapa siguen firmes.
Cocinar de verdad: guiso de bote y pasta
Para cenar, casi siempre caliento en vez de cocinar. Un bote de garbanzos o de lentejas, un poco de agua, un chorro de aceite y a fuego medio hasta que humea. Remuevo con la cuchara de palo y como del mismo cacharro. En invierno añado pimiento seco y una hoja de laurel, que llevo en una bolsita de tela, y con eso ya me sabe a comida y no a rancho de emergencia.
La pasta es lo único que cuezo de verdad. Echo agua, sal y pasta, y como no tengo escurridor inclino la olla con la tapa puesta, dejando una rendija, y dejo caer el agua por el lado. Hay que sujetar la tapa con la mano y hacerlo despacio. La primera vez que lo intenté me quedé sin cena y con la manga escaldada, así que ahora apoyo la olla en el suelo, me agacho y no la levanto en alto mientras escurro.
Si el agua de la pasta va a servir para otra cosa, la guardo en un vaso y la reutilizo para el té de después de cenar.
Costra, abolladuras y el asa que quema
El asa se calienta entera y no se puede coger con la mano desnuda ni con la manga de la chaqueta. Uso un trapo grueso doblado que viaja siempre con la olla, atado con una goma al asa, y aun así he aprendido a cogerla por la parte menos caliente. El trapo se me ha quemado dos veces y lo he cambiado sin más.
El aluminio se abolla con nada. Una vez se me cayó desde la piedra donde la tenía apoyada y le quedó una marca que no afecta a nada, pero desde entonces la pongo en un hueco llano, nunca encima de una piedra alta. El hollín negro del exterior aparece cuando hay viento y la llama sale amarilla; se limpia con agua y jabón y deja de aparecer cuando el hornillo está despejado y el resguardo deja pasar aire.
La tapa es chapa con un asa pequeña, sin válvula ni agujero. En todos estos años no se me ha roto nada de la olla, solo el trapo.
Lista de comprobación
- Antes de salir, comprueba que la tapa cierra y que el asa plegable no baila.
- Si el agua va a hervir, llénala hasta unos dos centímetros del borde; al ras se sale.
- Hiérvela siempre con la tapa puesta y con el hornillo a resguardo del aire.
- Para el té, aparta la olla cuando rompa el hervor y déjala tapada un minuto.
- Si la usas como calefacción, envuélvela en tela y ponla a los pies, sobre la esterilla y separada de la lona.
- Mira la goma de la tapa antes de meterla en el saco; una gota de agua te fastidia la noche.
- Para escurrir la pasta, apóyala en el suelo e inclínala con la tapa sujeta con la mano.
- En casa, quita la costra con agua y vinagre y no la raspes con metal.