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TécnicaSaco y aislamiento
Calentar el saco antes de meterse
Un saco de dormir no calienta nada: guarda el calor que suelta mi cuerpo y poco más. Si entro con el cuerpo frío, tardo media hora larga en notarlo, y en enero esa media hora se me hace eterna. Lo que hago desde hace tres inviernos es prepararlo con antelación: lo saco de la compresión en cuanto termino de cenar, le ayudo con una cantimplora de agua templada a los pies y entro con el cuerpo ya en movimiento. Aquí cuento el orden que sigo y los sitios donde me he equivocado.
Lo esencial
- Saco el saco de la bolsa de compresión en cuanto termino de cenar, no cuando ya estoy bostezando. Una hora al aire le devuelve el volumen.
- En enero meto una cantimplora con agua templada, envuelta en un calcetín, en la zona de los pies. Nunca hirviendo y nunca en el pecho.
- Antes de entrar hago veinte sentadillas y muevo los brazos dos minutos. El calor de dentro lo pone el cuerpo, no el saco.
- Entro con un poco de fresco, no sudando. Si entro caliente, a la hora estoy mojado y luego paso más frío.
Paso a paso
El saco guarda, no calienta
Un saco de dormir no es una manta eléctrica. Lo único que hace es retener el calor que yo suelto e impedir que se vaya al suelo y al aire. Si entro en él con el cuerpo frío, no hay relleno que me saque del apuro: me toca esperar. Y no es un minuto, es media hora larga, la que tardo en caldear el hueco que queda entre el saco y la espalda.
Eso sin contar el suelo. Si la esterilla no está firme, el frío sube desde abajo y de nada sirve tener el saco bueno. En casa tengo la costumbre de hinchar la mía a pulmón y comprobarla con la mano; si al apretar llego al suelo, le falta aire. El aislamiento va antes que cualquier otra cosa.
A los casi cincuenta que tengo ya no me sobra temperatura. De joven entraba al saco con la ropa puesta y me daba igual; ahora noto cada corriente. Por eso preparo el saco antes, en lugar de confiar en que el cuerpo tire solo.
De la bolsa de compresión al suelo, una hora antes
El saco lo llevo comprimido todo el camino, apretado en la bolsa para que quepa en el fondo de la mochila. Ese apretujón le viene bien para viajar y fatal para dormir: el relleno queda aplastado y necesita tiempo para volver a coger aire. Si lo saco cuando ya estoy metiéndome, duermo sobre una tela fina.
Por eso, en cuanto monto la tienda y termino de cenar, lo abro. Lo extiendo entero sobre la esterilla, lo zarandeo un par de veces y lo dejo así, con la cremallera abierta. Mientras recojo los cacharros, me cambio y doy una vuelta por el sitio, pasan cuarenta minutos o una hora. Al volver, el saco está gordo otra vez y la tarde dentro de la tienda ha hecho su parte: en agosto, con 30 °C a mediodía, la lona suelta calor y el saco lo aprovecha.
Lo que no hago es dejarlo fuera de la tienda. Con el viento de la meseta, un golpe de aire se lo lleva por encima de la lona y luego toca buscarlo en la cuneta.
La cantimplora templada de enero
En enero añado una cosa más. Caliento agua en la cacerola de un litro —la que llevo para todo— y la paso a la cantimplora. No la dejo hervir, la pongo templada, que se pueda tener la mano encima sin retirarla. La envuelvo en un calcetín grueso y la meto en el fondo del saco, por la zona de los pies, una media hora antes de acostarme.
El envoltorio parece un detalle tonto y no lo es. Sin calcetín, la cantimplora calienta mucho al principio y se enfría pronto; con calcetín, va soltando el calor despacio, justo cuando ya estoy dentro. A las tres de la mañana el agua está tibia y el pie del saco, que es la parte que primero se me hiela, sigue en su sitio.
Dos avisos que he aprendido a golpes. El primero: nunca al pecho ni encima, siempre a los pies. El segundo: la cantimplora bien cerrada, y si tiene una junta vieja, no la uso para esto. Una noche se me vació media y amanecí con el pie de saco empapado, que es lo peor que le puede pasar a un saco.
Calentar el cuerpo antes de entrar
El calor de dentro no lo va a poner el saco, así que lo pongo yo. Antes de acostarme hago veinte sentadillas al lado de la tienda y muevo los brazos como si nadara un par de minutos. Suena ridículo a las once de la noche, en mitad del páramo, y me da exactamente igual: entro en el saco con la espalda caliente y noto la diferencia desde el primer minuto.
También cierro bien la puerta de la tienda antes de empezar los ejercicios, y no la abro después hasta la mañana. Cada vez que se abre, entra el aire de fuera y se va el poco calor que había dentro. Aprendí a dejar dentro todo lo que voy a necesitar: la cantimplora, el gorro, la ropa doblada y la linterna. Así no tengo que salir a buscar nada.
Y entro con un poco de fresco, no sudando. Si entro pasado de calor, a la hora estoy mojado y el sudor me enfría. Con la espalda caliente pero seca, el saco coge temperatura en veinte minutos y ya no la suelta.
Los pies, que es donde se decide la noche
En mi saco, la noche se decide en los pies. Si entran fríos, no hay forma de recuperarlos: me paso las horas dándoles vueltas y a la mañana tengo el pie de saco tan frío como al acostarme. Lo que hago es no dejar los pies para el final. Me pongo los calcetines secos de dormir nada más cenar, cuando todavía estoy en la tienda con las botas fuera, y no me los quito hasta la mañana.
Los calcetines de andar van a los pies del saco, pero fuera del saco, con la ropa del día. Si los dejo dentro, están húmedos y esa humedad se queda conmigo. En casa los tiendo el mismo día que vuelvo, en el tendedero del salón, porque vivo en un piso sin patio ni terraza y no tengo dónde colgarlos al aire.
Lo último es mover los dedos. Diez veces cada pie, estirar y cerrar, y luego quieto. La circulación hace el resto. No es ninguna técnica seria; es lo que hago y me funciona.
Errores que he cometido
- Me metí en el saco recién llegado, con la camiseta sudada del camino, y tardé más de una hora en entrar en calor. Ahora me cambio entero antes de acostarme y nunca mezclo la ropa del día con el saco.
- Dejé el saco dentro de la bolsa de compresión hasta que me iba a meter. Dormí sobre una tela fina. Ahora lo abro en cuanto ceno y lo dejo esponjar una hora sobre la esterilla.
- Una noche puse la cantimplora con agua hirviendo y sin envolver, pegada al muslo. Me desperté a las dos con el muslo rojo y la cantimplora ya fría. Ahora la templo y la envuelvo en un calcetín, siempre a los pies.
- Entré caliente, después de cenar y de recoger sin parar, y sudé a los veinte minutos. El sudor me enfrió la espalda y pasé mala noche. Ahora hago las sentadillas antes, no después, y entro con la espalda caliente pero seca.
- Soplé dentro del saco para calentarlo, como si fuera una bolsa. El vaho se quedó dentro y el relleno pasó la noche húmedo y frío. No lo he vuelto a hacer: la humedad del aliento no se va.