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Medir distancias a pasos

Cuento pasos dobles. En llano y con la mochila ligera me salen unos sesenta y seis cada cien metros; cuesta arriba o cargado, la cifra se me cae a cincuenta y cinco y a veces menos. No es un método para medir con precisión, es un cálculo basto para saber cuánto me queda hasta el cruce, hasta el collado o hasta el coche. Lo calibré hace un par de inviernos en un camino con los postes de hectómetro pintados y, desde entonces, me fío de mi número antes que del de nadie.

Medir distancias a pasos
Un tramo recto de camino de tierra con el poste de hectómetro pintado y la piedra que uso para marcar los cien metros.

Lo esencial

  • Sesenta y seis pasos dobles por cada cien metros en llano y con poco peso. Es mi cifra, medida en mi terreno, no una regla que sirva para todos.
  • En subida clara el paso se acorta y me salen unos cincuenta y cinco por cada cien metros. Con barro o con arena suelta, parecido.
  • Cuento series de diez y marco con los dedos de la mano izquierda. La derecha la llevo libre, para el mapa y para el frontal de noche.
  • Antes de fiarme de un número lo comparo con el mapa, nunca al revés. Si no cuadra, el que se equivoca soy yo.

Paso a paso

Cómo se cuenta sin perder la cuenta

El problema no es medir, es no perder la cuenta. Yo cuento pasos dobles, o sea, cada vez que apoyo el pie derecho. Voy haciendo series de diez y, al llegar a diez, doblo un dedo de la mano izquierda. Cinco dedos son cincuenta pasos dobles, y ahí ya redondeo mentalmente: unos setenta y cinco metros y sigo. La mano derecha la dejo libre, que es la que mete y saca el mapa del bolsillo del pantalón y la que sujeta el frontal cuando se va la luz.

Si me distraigo y pierdo la cuenta, no vuelvo a empezar desde cero. Retomo desde el último dedo doblado y asumo el error. Volver atrás es peor: te pasas media hora contando dos veces el mismo tramo y al final no sabes qué número es el bueno. En un camino recto, con hitos o con un cruce a la vista, un error de veinte pasos no cambia nada. En un tramo de monte con muchas curvas, sí, y entonces directamente no cuento: sigo el mapa y ya está.

Lo de contar en voz alta lo hago solo si voy solo. Con alguien al lado prefiero no dar la tabarra y me apoyo en puntos del terreno, un árbol raro, un poste, una piedra grande, y voy sumando tramos entre ellos.

El número cambia con el terreno y con la carga

Mis sesenta y seis pasos dobles por cien metros valen para camino de tierra compacta, cuesta abajo suave o llano, con la mochila por debajo de doce kilos. En cuanto cambia una de esas cosas, la cifra se mueve. Subiendo con pendiente de las que obligan a acortar la zancada me salen cincuenta y cinco, y algún tramo con piedra suelta baja a cincuenta. Con la mochila cargada para dos noches, unos dieciocho kilos, la zancada se me acorta sola y el paso doble me queda en unos sesenta en llano.

El barro de los caminos de tierra de aquí es traicionero. En marzo, con las lluvias, el suelo se pone blando y pegajoso y la zancada se acorta mucho sin que yo lo note. Ese día cuento de menos y creo que he andado más de lo que llevo. Lo mismo con la arena suelta o con hierba alta, que obliga a levantar más la rodilla y a dar pasos más cortos.

Lo que hago es llevar dos números en la cabeza: el bueno de llano y otro de subida. No me complico más. Un tercer número para cada terreno es un lío y al final no uso ninguno.

Calibrarlo antes de fiarse

Esto se comprueba una tarde y vale para años. Busco un tramo recto de cien metros exactos. En carreteras secundarias hay postes de hectómetro con la cifra pintada, y en las pistas de servicio también. Si no encuentro ninguno, lo mido con cinta métrica de las de obra, en dos tramos de cincuenta metros, y marco el final con una piedra o con una rama clavada.

Recorro el tramo tres veces, con el mismo peso que voy a llevar, y cuento pasos dobles cada vez. Si me salen sesenta y cinco, sesenta y siete y sesenta y seis, la cifra buena es la del medio, sesenta y seis, y los otros dos son el margen. Repito lo mismo en una cuesta concreta, la del camino de siempre, y ahí me salen los cincuenta y cinco. Con esos dos números voy servido casi todo el año.

Conviene repetirlo en primavera y en otoño, porque el cuerpo cambia. A mí, con el cansancio de una semana larga de carretera, me sale una zancada más corta que recién salido de casa un viernes. Repetir la prueba me cuesta media hora y me ahorra discusiones conmigo mismo en mitad del campo.

Para qué me sirve y para qué no

Me sirve para lo que suelo necesitar: saber cuánto me queda hasta el cruce, hasta la fuente o hasta el coche. Si llevo media hora andando y voy por cuatrocientos pasos dobles, sé que he hecho unos seiscientos metros, y con mi ritmo de siempre calculo el tiempo que falta. En distancias de un kilómetro o menos el margen es pequeño y me vale para decidir si me da tiempo a montar la tienda antes de que anochezca.

No me sirve para distancias largas. En cinco kilómetros, un error del tres por ciento son ciento cincuenta metros, y eso se va sumando sin que me dé cuenta. Para eso uso el mapa y la brújula: mido con la escala y con una cuerda, y el paso solo me confirma que voy por donde creo. Si el mapa y el paso no cuadran, hago caso al mapa hasta que encuentre un punto claro donde comprobar de verdad.

Tampoco me sirve para un terreno roto, con badenes y subidas y bajadas seguidas. Ahí cada tramo tiene su número y yo no voy a llevar catorce números en la cabeza. Se mira el mapa y se anda.

Cuando el número deja de valer

Hay días que no cuento nada. Con niebla cerrada me concentro en no perder el camino y contar es lo último que me apetece. En terreno pedregoso, con nieve blanda o con hierba que tapa el suelo, la zancada cambia cada cien metros y el número no significa nada. Y con el cansancio acumulado de una ruta larga el paso se me acorta tanto que el cálculo me sale optimista: creo que he recorrido más de lo que llevo y luego me llevo el chasco a la hora de montar.

En esos casos lo que me salva es la hora. Miro el reloj al salir y sé que en terreno normal hago entre tres y cuatro kilómetros por hora con mochila. Comparo eso con la distancia que me da el mapa y saco un tiempo aproximado, que casi siempre vale más que el paso contado.

No tengo ninguna titulación ni curso relacionado con la montaña, así que esto es lo que me funciona a mí, con mi ritmo y mi mochila, y ni siquiera estoy seguro de que le sirva a otro. Si alguien necesita una medida fina, con mi paso no la va a conseguir.

Errores que he cometido

  • Conté pasos subiendo con la cifra de llano y di por hecho que había andado más de lo que llevaba. Llegué al collado media hora después de lo previsto, casi de noche. Ahora llevo dos números separados, uno de llano y otro de subida.
  • Perdí la cuenta a mitad de un tramo largo y volví a empezar desde cero dos veces. Al final no sabía qué cifra era la buena. Ahora retomo desde el último dedo doblado y no vuelvo atrás.
  • Fié el número al paso y dejé el mapa dentro de la mochila. Cuando el paso y el mapa no cuadraban me quedé con el paso. Ahora, si no cuadran, saco el mapa y busco un punto donde comprobar.
  • Usé la cifra de un amigo, que da la zancada más larga que yo, sin calibrar la mía. Iba creyendo que había hecho un kilómetro cuando apenas pasaba de ochocientos metros. Ahora uso mi número, medido en mi camino.
  • Conté en un tramo de piedra suelta sin darme cuenta de que la zancada se me acortaba. El cálculo me salió corto y me pilló la noche a mitad de camino. En terreno roto ya no cuento: me guío por el mapa.