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Brújula de placa
En la meseta no hay árboles que te digan dónde queda el norte ni montañas que se vean a lo lejos. Cuando la niebla se echa encima o el camino se pierde entre parcelas que parecen todas iguales, una brújula de placa y un mapa valen más que cualquier cosa que lleve en el móvil. La mía es de base plana, con el limbo giratorio y aristas graduadas en los bordes. La apoyo sobre el capó del coche, la dejo quieta y trabajo sobre el mapa. No es automático: hay que saber qué se está haciendo con ella.
Qué tiene la placa que no tienen las demás
Lo que distingue a una brújula de placa es que se trabaja con ella apoyada. La base es transparente, se pone encima del mapa, y a través del plástico ves el terreno mientras giras el limbo. Eso es lo que no se puede hacer con una brújula de mano: con la de placa trazas la línea de un punto a otro siguiendo una carretera o una linde, y luego llevas esa dirección al terreno sin levantar la vista del papel.
La aguja va dentro de una cápsula con líquido, y el líquido es lo que la frena: sin él la aguja bailaría un minuto cada vez que la mueves. El limbo es un anillo giratorio con los grados y con una raya de referencia, y en la base hay una línea que marca la dirección de marcha.
El espejo y las miras de las de mano no me hacen falta. Yo no apunto a nada con esto: mido rumbos sobre el mapa y los paso al suelo. Para eso, la placa y la regla del borde son todo lo que necesito.
Cómo la apoyo bien
El sitio donde mejor la nivelo es el capó del coche. Lo tengo comprobado: aparco en un camino de tierra cerca de casa, saco la brújula y el mapa, y con el capó por delante de mí la brújula se queda plana, a la altura de la cintura y con luz. Es plano, no se hunde y no tengo que agacharme. En el suelo, con la tierra suelta de aquí, la base se apoya en tres puntos y la aguja se queda inclinada y no marca bien.
Antes de leer nada, aparto el móvil, las llaves y el altavoz pequeño que llevo en la mochila. Los imanes y los altavoces desvían la aguja, y he visto lecturas que bailaban treinta grados por tener el teléfono en el mismo bolsillo. Dejo el móvil en el asiento y lo compruebo girando la brújula: si la aguja no se queda quieta, todavía hay algo cerca.
Si no hay coche, la apoyo en una piedra plana o en un tronco cortado. Lo que nunca hago es leerla en la mano, en el aire.
El norte de la aguja y el norte del mapa
La aguja no señala el norte del mapa. Señala el norte magnético, y entre uno y otro hay una diferencia que los mapas llaman la «declinación magnética» y que cambia con el sitio y con los años. En mi zona esa diferencia es pequeña, pero existe, y con distancias largas se nota: un grado de desvío a lo largo de tres kilómetros es un error de decenas de metros, suficiente para pasar de un camino a la parcela de al lado.
La mía lleva un tornillo para ajustar la declinación. Yo no lo toco en el campo: lo dejo puesto en casa, con el valor que me sale de comparar la aguja con una línea conocida del mapa. Si dudo, lo que hago es girar el limbo el ángulo que toque cada vez, y apuntarlo con una marca de lápiz en la funda para no liarme.
Lo que sí hago siempre es comprobar la aguja con dos direcciones distintas antes de moverme. Si las dos no cuadran con el mapa, malo: paro, vuelvo a empezar y no sigo caminando con una lectura dudosa.
Cuándo me ha sacado de un apuro
La vez que más me sirvió fue una mañana de niebla en el páramo, con todo blanco a partir de veinte metros. Había salido a caminar desde el coche y a la vuelta no reconocía nada: la niebla había borrado el único árbol que usaba de referencia. Saqué la brújula, la puse sobre el mapa en el capó, tracé el rumbo de vuelta al sitio donde había aparcado y caminé con la aguja delante. Llegué a la carretera unos metros más abajo de donde creía, pero llegué recto.
La segunda vez fue más tonta y más útil. Iba por una zona de caminos paralelos entre parcelas de cereal, todos iguales, y en una hora había perdido la cuenta de cuántos había cruzado. La brújula no me dijo dónde estaba, pero me dijo hacia dónde iba, y con eso y con el mapa me situé en dos minutos.
El móvil, con el frío de enero, se me ha apagado más de una vez en el peor momento. La aguja no se apaga.
Lo que la estropea y cómo la guardo
Los golpes son lo peor. Se me cayó una vez desde el capó al suelo de tierra y desde entonces el limbo gira un poco duro en un tramo. Sigue marcando bien, pero aprendí a no dejarla en el borde del coche mientras recojo el mapa. Ahora la dejo en la funda o en la mano, nunca en equilibrio sobre una superficie.
La arena de aquí también entra donde no debe. Si la apoyo en el suelo, al guardarla la limpio con un trapo seco y soplo en el borde del limbo, sin meterle nada punzante ni desmontarla. Las burbujas grandes en el líquido serían mala señal, pero de momento solo he visto una pequeña que no afecta a la lectura.
La guardo en la funda de tela, en el bolsillo interior de la mochila, lejos del altavoz y de los cierres magnéticos. Y la reviso antes de cada salida: giro el limbo entero y compruebo que la aguja se mueve libre y se para.
Lista de comprobación
- Antes de salir, gira el limbo entero y comprueba que la aguja se mueve libre y se para.
- Busca una superficie plana: el capó del coche, una piedra llana o un tronco cortado.
- Aparta el móvil, las llaves y el altavoz antes de leer nada.
- Apoya la base entera; si la aguja se queda inclinada, el sitio no sirve.
- Traza la dirección sobre el mapa con la arista graduada y gira el limbo hasta la raya de referencia.
- Comprueba la lectura con dos direcciones distintas antes de ponerte a andar.
- Guárdala en la funda, en un bolsillo interior y lejos de imanes.
- Si las dos comprobaciones no cuadran con el mapa, para y vuelve a empezar.