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Mapa topográfico a escala 1:25.000

Antes de salir de casa, el mapa a escala 1:25.000 se viene conmigo. Lo marco con lápiz: tres puntos que seguro reconozco y la dirección del viento, y así sé por dónde voy aunque el camino se borre. En la meseta las parcelas son todas iguales y los caminos de tierra se pierden entre ellas, de modo que unos centímetros de papel valen más que un montón de memoria. El móvil está bien, pero con el frío se apaga y con la lluvia no se maneja. El mapa no se apaga.

Cuatro centímetros por kilómetro

La cuenta de esta escala es fácil y la tengo metida en la cabeza: un kilómetro son cuatro centímetros de papel. Si quiero saber cuánto me queda hasta un cruce, mido con los dedos, cuento cuatro dedos por kilómetro y ya tengo una idea. Con la escala 1:50.000 la misma distancia ocupa la mitad y se distinguen la mitad de detalles, así que para caminar por caminos de tierra que se cruzan cada doscientos metros prefiero esta.

Lo que gano con ella es saber dónde están las curvas, los cortados y las lindes. Lo que no me da es el estado del terreno. En el mapa, dos caminos que salen del mismo sitio se ven iguales; en la realidad, uno está afirmado porque llega a una nave y el otro es un carril de arena donde el coche se me ha quedado atascado dos veces.

Por eso el mapa no sustituye a mirar. Lo leo en casa y lo confirmo en el sitio, no al revés.

Marcar el mapa antes de salir

El repaso lo hago en el salón, con el mapa abierto en el suelo, porque en casa no tengo ni patio ni garaje y ese es el único sitio donde me cabe entero. Con lápiz, nunca con bolígrafo, marco tres cosas. Primero, tres puntos que voy a reconocer seguro: un cruce de caminos, la esquina de una parcela grande y un puente pequeño o un paso sobre un canal. Los elijo de manera que estén repartidos por la ruta, no los tres juntos.

Segundo, la dirección del viento del día, con una flecha en el margen, que me sirve para saber hacia dónde me va a empujar si tengo que volver de noche. Y tercero, el sitio donde dejo el coche, con un círculo y una cruz.

Cuando salgo de ruta larga con el camión, también llevo el mapa marcado con la zona donde pienso parar, aunque al final no pare. Marcarlo en casa, con calma y sin viento, es lo que hace que en el sitio solo tenga que mirar y no pensar.

Doblarlo bien es la mitad del trabajo

Un mapa a esta escala es grande, y en la meseta el viento no perdona: si lo abro entero en mitad del camino, en dos segundos tengo un papel que se dobla solo y quiere irse volando. Lo que hago es doblarlo en casa en cuatro, con la parte de la ruta a la vista, y otra vez por la mitad si la zona es pequeña. Así ocupa lo que una libreta y puedo mirarlo de pie, contra el cuerpo.

Para doblarlo, pongo el mapa sobre una mesa y marco bien los pliegues con la uña, para que en el campo vuelva solo a su sitio. El truco es doblar siempre con la parte de la ruta hacia fuera: así, cuando lo saco del bolsillo, lo que veo es lo que necesito, y no tengo que darle la vuelta en mitad del aire.

Si hace mucho viento, lo abro contra el cuerpo, con la espalda al aire, y lo sujeto con las dos manos y una rodilla. He perdido medio mapa así una vez; desde entonces lo llevo siempre dentro de una funda de plástico con cierre.

Leer el relieve y saber lo que el mapa no dice

Las curvas de nivel son lo que más me sirve. Si están muy juntas, la cuesta es fuerte; si están separadas, el terreno sube despacio. En la meseta hay barrancos y taludes que en el mapa parecen poca cosa y luego te obligan a dar un rodeo de un kilómetro para bajar a un arroyo. Mirando las curvas antes de salir ya sé por dónde no me conviene ir cargado.

También me dicen dónde hay sombra a ciertas horas, porque la orientación de la ladera está en el mapa, y eso en agosto, con más de treinta grados a mediodía, cambia la ruta que elijo. Y me dicen si el sitio donde pienso plantar la tienda está en un llano o en un desnivel, que es lo primero que miro.

Lo que no me dice es si la tierra es polvo o está apelmazada, que es lo que decide si las piquetas agarran. Eso solo se sabe llegando y clavando una.

Papel mojado, lápiz y la funda

Un mapa mojado se rompe al doblarlo y no hay manera de leerlo. El mío va siempre dentro de una funda de plástico transparente con cierre, que pesa casi nada y me ha salvado más de una salida. Si llueve, lo manejo dentro de la funda sin sacarlo, y marco con el lápiz por encima del plástico; se borra un poco, pero se lee.

Uso lápiz y no bolígrafo. El bolígrafo, con la humedad y el frío, deja de escribir, y además no se puede borrar cuando me equivoco al marcar un punto. El lápiz se borra con la goma y vuelvo a marcar sin estropear la hoja.

Cuando llego a casa, si el mapa se ha mojado, lo saco de la funda y lo dejo extendido en la mesa, nunca doblado ni encima de un radiador. Y no lo dejo en el salpicadero del coche al sol, porque el calor lo deforma y luego los pliegues no coinciden con los de casa.

Lista de comprobación

  • Antes de salir, elige una hoja de la zona por la que vas a caminar y comprueba la fecha de la edición.
  • Marca con lápiz tres puntos que vayas a reconocer seguro y repártelos por la ruta.
  • Apunta la dirección del viento del día en el margen y rodea el sitio donde dejas el coche.
  • Dobla el mapa en cuatro con la parte de la ruta hacia fuera y marca bien los pliegues.
  • Mételo en una funda de plástico con cierre antes de ponerte la mochila.
  • Léelo de pie, con la espalda al viento, sujetándolo con las dos manos y una rodilla.
  • Compara al llegar lo que ves con lo marcado y corrige las marcas si algo no cuadra.
  • Al volver, si se ha mojado, sécalo extendido en la mesa y nunca doblado.