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Tienda de tres estaciones
La compré en 2014, después de dos veranos durmiendo en una prestada a la que se le salía una varilla del ojal cada vez que soplaba. Sigue siendo la única tienda que he tenido, así que no puedo compararla con nada: lo que sé de ella lo sé de haberla montado unas ciento cincuenta veces, casi siempre en la meseta. Es de tres estaciones, doble pared, dos varillas cruzadas y un arco corto para el ábside. Me ha aguantado noches de viento que no bajaba, y también me ha dejado tirado. Aquí van las dos partes.
El día que la compré y por qué no la he cambiado
Fui a por una de dos plazas porque en la caja del tráiler cabe cualquier cosa y siempre pienso que voy a ir acompañado. Doce años después resulta que la monto casi siempre solo, y ese metro y medio de ancho lo agradezco para tener la mochila dentro y no fuera. La de 2014 sigue siendo la única que he tenido y no pienso cambiar de criterio hasta que esta se rompa de verdad.
Lo que me decidió entonces no fue el peso ni el color. Fue contar los puntos donde la varilla toca el suelo: cuatro, y los cuatro con anclaje cosido. En la prestada la varilla se escupía del ojal con cada racha y me pasaba la noche oyendo la lona golpear contra la hierba.
Ahora la sigo montando igual, con dos manías añadidas. Una, no la dejo puesta si voy a moverme más de un kilómetro del sitio. Otra, la seco en el salón en cuanto llego a casa, porque vivo en un piso y no tengo patio ni tendedero donde dejarla al aire.
Hasta dónde aguanta el viento de la meseta
En mi zona el viento manda más que la lluvia. Llueve poco: un aguacero serio en mayo y después nada hasta octubre. Pero el aire entra recto desde los campos, sin una sola línea de árboles que lo frene, y no afloja en toda la noche. Con la lona bien tensa y la parte trasera mirando de donde viene, he dormido con rachas que me movían la tela por encima de la cabeza sin que entrara nada de polvo.
El límite lo tengo medido a ojo, no con aparatos. Hasta unos 40 km/h la tienda va sobrada con las seis piquetas y los tres vientos. Entre 40 y 60 km/h la paso mal: el arco corto del ábside empieza a combarse hacia dentro y cruje uno de los anclajes. Por encima de esa racha no la dejo montada ni aunque esté yo dentro. Lo intenté dos veces y las dos acabé recogiendo a oscuras.
Tampoco es una tienda de cuatro estaciones. Lleva mucha malla en el techo interior, lo cual en agosto es una bendición y en enero convierte la tienda en un colador. Para lo que yo hago, de abril a octubre, va bien. En invierno duermo en el coche o no salgo.
La condensación, que es mi problema de verdad
El viento lo llevo más o menos. Lo que me trae de cabeza es el agua que fabrico yo dentro. Una mañana de septiembre me desperté con la pared interior empapada. Al incorporarme la toqué con el hombro y el agua corrió hacia abajo, hasta la zona de los pies del saco. Se me mojó medio saco y la segunda noche la pasé fatal, porque no tenía dónde secarlo.
Desde entonces dejo siempre abierta la ventilación alta, aunque a las tres de la mañana refresque y tenga que ponerme el gorro dentro del saco. También separo los pies un palmo de la pared, sin apoyarlos, porque el contacto es justo lo que empapa. Y si algo se moja, lo tiendo en casa ese mismo día; nunca lo guardo húmedo dentro de la bolsa de compresión.
Con la ventilación abierta la pared amanece seca casi siempre. Casi. Si llueve y somos dos dentro, no hay manera: ahí toca pasar un trapo por la pared antes de recoger y aceptar que el saco va a viajar algo húmedo hasta casa.
Dónde la planto y en qué momento la muevo
Antes de bajarme del coche miro de dónde viene el aire. Si hay una fila de chopos, un talud de tierra o una caseta vieja, me pongo detrás. Andar diez minutos más no me importa; lo que no quiero es pasar la noche escuchando la lona. En campo abierto raso, sin nada que corte, directamente no acampo: busco otro sitio o duermo en el coche.
El suelo decide casi tanto como el viento. En la meseta hay mucha tierra seca y suelta, sobre todo en los caminos de servicio, y ahí las piquetas no agarran: entran con dos golpes y salen igual de fácil. Cuando el suelo es polvo, busco una franja de hierba con tierra compacta, aunque esté un poco inclinada, o cargo las piquetas con piedras encima.
Si me he equivocado y a las once de la noche el viento va a más, muevo la tienda. No es agradable, pero es media hora de trabajo contra seis horas de no dormir. Lo he hecho tres o cuatro veces y ninguna me he arrepentido.
Lo que le he ido cambiando en estos años
A la estructura no le he tocado nada. Las varillas son las de 2014 y las dos siguen rectas porque las guardo enrolladas, nunca dobladas por la mitad. Lo que sí he ido sustituyendo son las piquetas: las que venían de serie eran cortas y finas, y en el primer mes se me doblaron dos. Ahora llevo seis de perfil ancho y siempre dos de repuesto, más los tres vientos tensores que traía la bolsa.
La costura del suelo la repasé hace cuatro años con una barra de sellado, en la mesa de la cocina, después de una noche de mayo en la que noté humedad por debajo. Aquello no era condensación: era agua que subía desde el suelo. Con la capa nueva no ha vuelto a pasar.
La funda está rajada por una esquina desde 2019 y no la he cosido. La tienda viaja en el fondo de la mochila, metida en una bolsa estanca, y la funda solo la saco para llevarla en el maletero. Con el tiempo he aprendido que la funda no protege de nada que importe.
Lista de comprobación
- Mira de dónde viene el viento antes de sacar nada del coche.
- Extiende la tienda y clava primero las cuatro esquinas en diagonal, con la punta hacia fuera.
- Monta las varillas cruzadas sin forzar los ojales; si un tramo no entra, mira si está doblado.
- Tensa la parte trasera contra el viento y deja la puerta a sotavento.
- Clava los tres vientos tensores en línea con el viento, nunca cruzados.
- Abre la ventilación alta y comprueba con la mano que la pared interior no toca la exterior.
- Antes de cenar, repasa las seis piquetas y aprieta las que se hayan aflojado.
- Al recoger, seca la lona con un trapo y no la guardes nunca húmeda.